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Un mes

Una sucesión de imágenes a cámara lenta que recrea ese momento que me persigue desde entonces. Una película con filtros que empieza con solo dos protagonistas, que cuenta una historia que no empezó aquella mañana de sol, sino mucho antes, y que nunca acabará.

Una tragicomedia nacida entre risas, entre complicidades y que acabó con una vida y me marcará para siempre.

Ya ha pasado un mes y no en un suspiro. Treinta noches de sobresaltos, treinta mañanas que volverán siempre, muchos momentos de lágrimas sin esconder, de no comprender nada. Los primeros treinta días sin ti y sin ser yo.

T’estimo amic.

La foto es de Clem Onojeghuo

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El último abrazo

 

Dicen que todos tenemos un reloj que desgrana los segundos, los minutos y las horas de una cuenta que sabemos cuando se inicia, pero nunca cuando acaba. Dicen que todo está escrito y que no puedes hacer nada para variar tu destino, pero es una mentira más.

Cortázar sugiere una solución: “sujetar el reloj con una mano, tomar con dos dedos la llave de la cuerda y remontarla suavemente“. A mi se me ocurre otra, abandonar el reloj a su suerte en la mesita de noche, quitarle la pila, en el caso de que se trate de un reloj digital, o dejar de darle cuerda hasta que el segundero se detenga para siempre, sin miedo, sin mirar nunca las agujas. Solo así dominarás el tiempo y nunca tendrás que preocuparte de nada más.

Dicen que un día el reloj se detiene y que después de ese fundido en negro, no queda nada. También dicen que el dolor más intenso permanece en el recuerdo de la persona que le dio el último abrazo.

La foto es de Matthew Henry

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Profanando el alma

Introduces la llave en la cerradura y se te hiela el corazón cuando el vacío de la estancia retumba en la cabeza. Cajas por todos lados, utensilios apilados, muebles a medio desmontar, colchones por recoger y cajas, muchas cajas con su más preciado tesoro: esos libros que le han acompañado durante toda su vida.

Desnudar el cuerpo de alguien es un ejercicio habitual, pero desnudar su alma es una forma de profanación. Así me he sentido mientras trasteaba entre sus libros, cuando ordenaba esos elepés antiguos o recuperaba aquel sombrero de paja del que no se separaba durante todo el verano.

Hacía mucho que no había vuelto allí, una terrible migraña me dejó fuera de combate y no pude asistir a la cena de navidad que convocó en su casa, esa última cena que viví a oscuras, en silencio y dopado.

Hoy no me esperaba ninguna cena multitudinaria, sino silencios tras la luz mortecina y ese rumor lejano de la línea del tren. Como si fuera un guiño del destino, un libro emergía de una caja, una edición de ‘Incerta glòria‘ del año 70, una joya que desgraciadamente reposa ahora entre mis libros y cuya primera fase resume toda la tristeza del momento: “I tota la joventut no és més que la incerta glòria d’un matí d’abril“.

Foto Matt Artz

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Desarmado

Te despiertas sobresaltado por esa pesadilla recurrente y respiras aliviado al pensar que solo es un sueño. Un segundo después te vienes abajo al darte cuenta que te has vuelto a engañar. Sientes miedo, terror a cerrar los ojos y lloras y desearías volver atrás en el tiempo y borrar aquel día de tu vida y recordar tantos otros.

Dicen que es una enfermedad que se cura con el tiempo, dicen que hay que tomar distancia y que poco a poco todas las heridas acabarán por cicatrizarse, pero aquí me tenéis:

frágil, desarmado.

La foto es de Noah Silliman

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Nunca se fíen de las mañanas de sol

 

Nunca se fíen de esas mañanas tibias de primavera, no se confíen si sienten el calor del sol en sus mejillas mientras disfrutan de un placentero viernes.  Nunca piensen en la plenitud, no sueñen en estados ideales, simplemente dedíquense a la contemplación, disfruten cada uno de esos momentos que intuyen felices, porque en cualquier esquina una puñalada puede acabar contigo.

Relativicen la existencia y si les queda algún cabo suelto, átenlo, al menos se sentirán mejor y podrán cerrar los ojos, darle al play de su música favorita y dejarse ir. La herida sigue abierta.

 

La foto es de John Towner

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personal

Carpe diem, Euse

Hablamos de la vida, de la suya y de la mía. Antes de empezar a pedalear, recordamos entre risas los viejos tiempos, aquel día en el que por primera vez me invitó a ir en bicicleta para recuperarme de una operación de rodilla.

Hablamos de libros, de series de televisión, de los hijos, de su próxima velada en el Liceu, de ópera y también del futuro, de su futuro. Mientras pedaleábamos vi como su mirada se iluminaba, porque después de tanto tiempo, de tantos palos, veía cómo su anhelo estaba muy próximo a cumplirse.

Seguramente era mi mejor amigo, un tipo al que siempre tenía a mi lado en los buenos y en los malos momentos aunque hiciera semanas que no cruzara una palabra con él.

Era una buena persona que lo daba todo, que te lo ponía todo fácil. Un amigo incondicional, un tipo educado, amable, una persona genial, fiel, de esos que siempre querrías tener a tu lado, de aquellos que te marcan, de los que dejan huella, un tipo al que nunca olvidaré y que tendré presente cada día de mi vida.

Aquella mañana de primavera estará para siempre grabada en mi mente. Aquel segundo infinito en el que el tiempo se detuvo, martilleará mi cabeza de por vida y todas mis preguntas se quedarán sin respuestas.

Atrás nos quedarán los recuerdos, esos momentos compartidos que nadie nos podrá robar, esas horas que pasamos juntos sin saber que eran las últimas.

Amigo, nos has dejado huérfanos y sin lágrimas. Te has ido y ya no volveremos a disfrutar nunca más de tu compañía, lo que nadie nos va a quitar nunca son los recuerdos y el privilegio de tu amistad.  Descansa en paz, Euse.

La foto es de Eulàlia Gil

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literatura

Fariña

 

Un vecino mayor cruzaba a diario la frontera entre Galicia y Portugal en bicicleta, cargando siempre un saco al hombro. Cada vez que atravesaba a raia, la Guardia Civil le daba el alto y le preguntaba qué llevaba en el saco. El hombre, paciente y educado, mostraba siempre el contenido: “es solo carbón“, explicaba. Y los agentes, mosqueados, lo dejaban pasar. En el otro lado se repetía la escena: la Guardia de Finanzas portuguesa (conocidos por los vecinos como guardinhas) también registraba el saco del hombre y lo dejaban seguir pedaleando. La misma escena se repitió durante años ante el malestar creciente de los guardias fronterizos. No solo eran incapaces de encontrarle material de contrabando, sino que en cada nueva pesquisa se manchaban el uniforme de carbón. Como en el cuento de Poe, en el que la Policía registra minuciosamente una casa en busca de una carta que ha estado todo ese tiempo en primer plano, el secreto del hombre de a raia estuvo todos esos años a la vista.

 

Así empieza, “Fariña”, el libro de Nacho Carretero sobre narcotráfico que está hoy en todas las tertulias después de que una jueza haya ordenado secuestrarlo tras la denuncia de José Alfredo Bea Gondar, exalcalde de O Grove. Por cierto, la editorial acaba de distribuir en los últimos días 10.000 ejemplares más de la obra.

Pregunta: ¿Con qué trapicheaba el vecino?

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