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Mente en blanco

Volví a pisar aquella subida, la curva a la derecha, el árbol que me recuerda la secuencia y volvió a desplomarse todo. Se cayó mi mundo, el engaño construido a base de buenos propósitos, de pensamientos positivos y de intentar encarar cada día como si nada hubiera pasado. ¿Cómo si nada hubiera pasado? Te das cuenta de que algo no funciona cuando te molesta compartir tus pensamientos, cuando prefieres el silencio, cuando sientes un vacío interior y que el mejor refugio está en poner la mente en blanco y dejarte ir.

Nos movemos por sugestión, conseguimos engañarnos a base de buenos propósitos hasta que un clic vuelve a desatar la bestia interior. Ni te puedes concentrar ni te apetece , no sabes disimular y no encuentras la motivación necesaria más allá de calarte los pedales y sentir el dolor en las piernas.

Construí la teoría de la cómoda, la de ir cerrando cajones para poner mi mente en orden, pero en cuanto se ha abierto uno, el resto ha dejado de encajar. Y es que como dice la canción “parece que el destino se burla de nosotros, no nos da nada y nos lo promete todo“.

La foto es Olia Gozha

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Un año después

Un año después puedo empezar a entender algunas cosas, aun puedo sentir el último latido, la presión de tu mano en mi brazo, que te fuiste y yo estaba ahí y aunque en un principio pensé que mi esfuerzo fue en vano, ahora sé que fui tu última imagen y por ello tengo que sentirme privilegiado.

Ese momento estará ahí para siempre, como tú, que me ayudas con esos silencios, a sentir la pausa y a relativizar el sinsentido en el que se convirtió todo, pero sobre todo a que todo ello se transforme en aceptación, en el recuerdo y en volver a ser yo mismo.

Un año después volvimos a ese lugar donde se funden la tierra y el cielo, allí donde acabó todo y donde todo empezó a cobrar otro sentido. Una canción, lágrimas, buenos propósitos enterrados entre las raíces de un pequeño árbol y una canción para ti. Allí estábamos todos, tú también. 

Gràcies, amic Euse. Carpe diem.

La foto es de @carmejorrin

 

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Un ejercicio de autoengaño

Nadie dijo que fuera sencillo, nadie que lo sea, nadie que lo vaya a ser. Y no lo es. Al menos ya he descubierto uno de los principios básicos: autoengañarse. Sirve para todo, para justificar tus frustraciones o para pensar que nada de lo que te ocurre es culpa tuya, sino producto de una situación externa que te ha atrapado.

Hoy podría hablar sobre eso. De la necesidad de salir del laberinto, de por qué intuyo que solo tiene una puerta de entrada, de ansiolíticos, de sesiones de terapia, de sueños en colores, de imágenes que se repiten. Os podría explicar cómo sentirse bien escondiendo la cabeza debajo de las sábanas o de cómo la benziodiazepina te deja sin ganas de nada

Pero no lo voy a hacer. Voy a pensar en que llega de nuevo el buen tiempo, de que mantengo el estado zen a base de pedalear, del valor de la amistad y de la vida… O de que pronto va a cumplir un año de todo y mientras solo me queda el consuelo del autoengaño.

La foto es de Tyler Nix

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amics, personal

La realidad paralela del décimo mes

 

Se apaga la luz y sientes una terrible ansia para que el nuevo día aparezca cuanto antes. El corazón se acelera y esperas que su ritmo se desvanezca pasados unos segundos, pero todo acaba con un latido compartido en tu cerebro horas después y un duermevela eterno que te agota.

Cuando la luz, tu luz se apaga, solo queda encontrar el camino, buscar la salida del laberinto y acertar con el clic del interruptor para poner todo en su sitio. Mientras tanto, todo discurre a cámara lenta, recreando una realidad paralela.

La foto es de Fabian Møller

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Con mis mejores deseos

Leo que lo que causa un mayor dolor es no haber tenido un momento para la despedida. Puede ser. Otros pensarán que el privilegio de haber vivido los últimos instantes a su lado lo suple todo. También puede ser, pero la sensación que me queda de este 2018 es que ha sido el peor de mis 54 años de vida.

Hace unos días alguien me habló del apego, de la necesidad humana de sublimar los grandes momentos vividos después de una pérdida para superar la misma, seguro que es así.

Mi problema es otro. Admito que todos los que se acercan a mi para hablar sobre el asunto lo hacen de buena fe, lo agradezco infinito y creo en la mayoría de las teorías para salir adelante, pero el problema es el bucle en el que me encuentro.

El laberinto se abrió en cuanto cerraste los ojos y en ese mismo instante, mientras pensaba que todo era una pesadilla, no me di cuenta de que se cerró la puerta y el vértigo es producto de la sucesión de momentos producidos desde ese instante: la imagen recurrente, el reflejo de la manta térmica, las lágrimas de Pep, el abrazo eterno con mis chicas, la llamada a Pere, el teléfono que nadie descolgaba y el adiós sin despedida.

Cuando está a punto de finalizar el año, quiero despedirme de ti, sin olvidarme nunca de todo lo que me diste. Seguro que me entiendes. En la distancia y en silencio hablaremos de Roma, de la última ópera en el Liceo, del concierto de la Motis en el Palau de la Música, de porqué me gusta Murakami y de las últimas vacaciones.

Hablaremos de la vida, aunque no estés. Hablaremos como si nada hubiera pasado y por fin podré encontrar la puerta del laberinto y salir de él para recordar siempre a mi amigo, al que ayudé hasta el último momento sin que la vida nos premiara con una segunda oportunidad.

La foto es mía.

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Ya me dirás

 

Que dicen que hay heridas que nunca acaban de cicatrizarse, aunque parezca que estén curadas. Que tienes la sensación de que te falta algo, de que vas por la calle y en cualquier momento te lo encontrarás, que en cualquier momento recibirás un mensaje suyo comentándote cualquier cosa como había hecho siempre.

Que sigues sin comprender nada, que sabes que nada será igual, que igual es el momento de despertar de aquella pesadilla o que estamos en ese punto de nuestra historia en el que hay que canalizar aquel terrible momento y convertirlo en una enseñanza de vida. Ya me dirás, espero tu respuesta, amic.

La foto es de Karim Ghantous

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Vacanze romane

Pensaba que todo iba de ir cerrando círculos, de acabar lo que había quedado pendiente para buscar una paz interior que no acabo de encontrar.

Pero ahora sé que nunca va a ser así. Lo compruebo cada día y lo volví a vivir durante estos últimos días en Roma, en ese viaje que planeaste como una escapada romántica y que acabó convirtiéndose en una salida para recordarte.

Y es que has vuelo a estar presente cada vez que nos sentábamos en la mesa, en cada maratoniano paseo por esas callejuelas que tanto han gustado a Ana. Cada vez que Maria Hernández nos ofrecía alguna sabia precisión del Coliseo o del Foro esperaba tu punto de vista y así en muchos momentos del día.

Te hubiera encantado el apartamento en Via Ripetta y pagaría por haber escuchado tus irónicos comentarios sobre la particular visión de la vida de nuestros vecinos de mesa en el Trastevere.

No estás pero te noto cercano. Cada vez me siento más tranquilo, como hoy, porque por fin sé que nunca podré cerrar el círculo, simplemente porque nos han quedado tantas historias, tantas conversaciones pendientes, que puedo  recrearlas tan solo cerrando los ojos.

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