amics, personal

Después de todo se lo merecían

manos

Después de todo se lo merecían, después de tantos días nublados, fue despuntar el sol y volver a lucir la vida.
Poco a poco, con paso corto, el pulso acelerado y ese corazón que acababa desbocado, la vida les dio una segunda oportunidad en cuanto aquella enorme herida acabó de restañarse en sus almas.
Seguro que merecían volver a sonreír, olvidar la noche y evocar aquel primer día en el que sus corazones volvieron a latir con fuerza.

Francisco Ávila. Margaritas Caprichosas

La foto es de Redd Angelo. Via Unsplash

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literatura

Un sereno perfil en su memoria

jubilados

Ella ofrece su mejilla como cuando él le llevó las rosas y él se quita el sombrero y la besa en las dos. Cuando se aleja, después de verla entrar, se lleva consigo una suavidad en los labios, un roce de cabellos en su frente, un sereno perfil en su memoria…

José Luis Sampedro. La sonrisa etrusca.

La foto es de Nathalia Bariani vía Unsplash

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literatura

Decorado sin personajes

 

hierba

La memoria es algo extraño. Mientras estuve allí, apenas presté atención al paisaje. No me pareció que tuviera nada de particular y jamás hubiera sospechado que, dieciocho años después, me acordaría de él hasta en sus pequeños detalles. A decir verdad, en aquella época a mí me importaba muy poco el paisaje. Pensaba en mí, pensaba en la hermosa mujer que caminaba a mi lado, pensaba en ella y en mí, y luego volvía a pensar en mí. Estaba en una edad en que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerán, todo volvía al mismo punto de partida: yo.
Además, estaba enamorado, y aquel amor me había conducido a una situación extremadamente complicada. No, no estaba en disposición de admirar el paisaje que me rodeaba.
Sin embargo, ahora la primera imagen que se perfila en mi memoria es la de aquel prado. El olor de la hierba, el viento gélido, las crestas de las montañas, el ladrido de un perro. Esto es lo primero que recuerdo. Con tanta nitidez que tengo la impresión de que, si alargara la mano, podría ubicarlos, uno tras otro, con la punta del dedo. Pero este paisaje está desierto. No hay nadie. No está Naoko, ni estoy yo. “¿Adónde hemos ido?”, pienso. “¿Cómo ha podido ocurrir una cosa así? Todo lo que parecía tener más valor —ella, mi yo de entonces, nuestro mundo— ¿adónde ha ido a parar?”. Lo cierto es que ya no recuerdo el rostro de Naoko. Conservo un decorado sin personajes.

Haruki Murakami. Tokio Blues

La foto es de Frantzou Fleurine, via UnSplash

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literatura, periodismo

El mejor golpe de Alí

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Y entonces un enorme proyectil exactamente del tamaño de un puño encerrado en un guante se hundió en mitad de la mente de Foreman, el mejor golpe de toda aquella sorprendente noche, el golpe que Alí se había guardado para su carrera. Los brazos de Foreman flotaron hacia un lado como los de un paracaidista al saltar de un avión y, a partir de aquella posición doblada, Foreman intentó dirigirse hacia el centro del ring. Sus ojos permanecían fijos en Alí, mirando a este sin odio, como si Ali fuera el hombre que mejor conociera del mundo y tuviera que verlo el día de su muerte. El vértigo se apoderó de George Foreman y le hizo girar. Con la cintura doblada en aquella incomprensible posición y sin dejar de mirar ni por un instante a Muhammad Ali, empezó a tambalearse y a tropezar como si quisiera evitar caer. Su mente era sostenida por unos imanes tan poderosos como su campeonato, a pesar de lo cual su cuerpo buscaba el suelo. Cayó como un mayordomo de un metro ochenta de estatura y sesenta años de edad que acabara de escuchar una trágica noticia: sí, cayó en dos prolongados segundos; el campeón cayó por etapas y Alí lo rodeó en círculo cerrado con el guante dispuesto a alcanzarlo una vez más, pero no hubo necesidad y el guante se convirtió en una íntima escolta de Foreman en su camino hacia el suelo.

Norman Mailer. El combate

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pintura

El papel pintado de Hopper

hopper

En Grupo de gente al sol se mezcla lo cómico y lo triste. Un pequeño grupo de personas toma el sol en unas sillas colocadas en fila. Pero ¿están ahí con el propósito de tomar el sol? Si es así, ¿por qué están vestidos como si estuvieran en el trabajo, o cómo si se encontraran en la sala de espera de un médico? ¿Es que están siempre esperando, no importa dónde se encuentren, y el mundo entero en su sala de espera? Quizá ¿Y qué deberíamos pensar del joven que lee, sentado detrás de la fila de cuatro? Parece absorto en la cultura, más que en la naturaleza, y sin embargo está sentado afuera, con los otros, al lado del camino, bajo el sol. La luz es peculiar. Desciende sobre las figuras, pero no crea una atmósfera. De hecho, una de las peculiaridades de la luz de los cuadros de Hopper es que tiene poco que ver con la atmósfera, en comparación, por ejemplo, con la luz de los cuadros impresionistas. Uno no puede imaginar que esta gente esté realmente tomando el sol. Más bien parecen mirar a lo lejos, tan lejos como es posible, hacia un amplio prado que se extiende hasta una hilera de colinas. Y las colinas, en tanto se alzan en un ángulo muy parecido al que aquella gente asume reclinada en la silla, dan la impresión de devolver esa mirada. La naturaleza y la civilización casi parecen estar mirándose la una a la otra. Esta pintura es tan extraña que en ocasiones pienso que las figuras sentadas están mirando un paisaje pintado, y no el paisaje real que evidentemente observan.

Mark Strand. Hopper

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