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Un altre divendres

Cuanto menos había conseguido controlar su estado anímico, no todo era siempre negro, ya habían aparecido algunos grises. Incluso algunos días se alegraba al ver el sol y sonreía recordándole, pero no acababa de ser el de siempre.

Dentro de su proceso de relativización, se había dado cuenta de lo que valía la pena y de lo que era superfluo. Seguramente lo único positivo había sido constatar el gran número de personas que estaban pendiente de su día a día y del ánimo que le insuflaban.

Pero los viernes ya nunca serán iguales, aunque brille el sol o una tormenta descerraje el cielo. Escribo mecánicamente y con el mismo tono que suena Mishima:

Un altre divendres,
i encara no t’ho he dit.
Un altre setmana,
amb el cor encongit.

 

La foto es de Dan Gold

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El sexto viernes

 

Cuando parecía que el invierno se iba a acabar, se alargó bastante más. Días oscuros y de lluvia, aunque el sol ya lucía con vigor en el cielo. Algunas veces, la luz externa se proyecta dentro de mi cabeza, otras desaparece en ese fundido en negro eterno que me persigue.

Poco a poco, todo duelo tiene su proceso“, me dicen, y mientras, yo me dedico desde aquel momento a relativizarlo todo, a ver la vida con otros ojos, a valorar los minutos junto a la gente que quiero, a disfrutar de esas largas tardes de primavera y a recordarte.

La foto es de Nick Scheerbart

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Un mes

Una sucesión de imágenes a cámara lenta que recrea ese momento que me persigue desde entonces. Una película con filtros que empieza con solo dos protagonistas, que cuenta una historia que no empezó aquella mañana de sol, sino mucho antes, y que nunca acabará.

Una tragicomedia nacida entre risas, entre complicidades y que acabó con una vida y me marcará para siempre.

Ya ha pasado un mes y no en un suspiro. Treinta noches de sobresaltos, treinta mañanas que volverán siempre, muchos momentos de lágrimas sin esconder, de no comprender nada. Los primeros treinta días sin ti y sin ser yo.

T’estimo amic.

La foto es de Clem Onojeghuo

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El último abrazo

 

Dicen que todos tenemos un reloj que desgrana los segundos, los minutos y las horas de una cuenta que sabemos cuando se inicia, pero nunca cuando acaba. Dicen que todo está escrito y que no puedes hacer nada para variar tu destino, pero es una mentira más.

Cortázar sugiere una solución: “sujetar el reloj con una mano, tomar con dos dedos la llave de la cuerda y remontarla suavemente“. A mi se me ocurre otra, abandonar el reloj a su suerte en la mesita de noche, quitarle la pila, en el caso de que se trate de un reloj digital, o dejar de darle cuerda hasta que el segundero se detenga para siempre, sin miedo, sin mirar nunca las agujas. Solo así dominarás el tiempo y nunca tendrás que preocuparte de nada más.

Dicen que un día el reloj se detiene y que después de ese fundido en negro, no queda nada. También dicen que el dolor más intenso permanece en el recuerdo de la persona que le dio el último abrazo.

La foto es de Matthew Henry

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Profanando el alma

Introduces la llave en la cerradura y se te hiela el corazón cuando el vacío de la estancia retumba en la cabeza. Cajas por todos lados, utensilios apilados, muebles a medio desmontar, colchones por recoger y cajas, muchas cajas con su más preciado tesoro: esos libros que le han acompañado durante toda su vida.

Desnudar el cuerpo de alguien es un ejercicio habitual, pero desnudar su alma es una forma de profanación. Así me he sentido mientras trasteaba entre sus libros, cuando ordenaba esos elepés antiguos o recuperaba aquel sombrero de paja del que no se separaba durante todo el verano.

Hacía mucho que no había vuelto allí, una terrible migraña me dejó fuera de combate y no pude asistir a la cena de navidad que convocó en su casa, esa última cena que viví a oscuras, en silencio y dopado.

Hoy no me esperaba ninguna cena multitudinaria, sino silencios tras la luz mortecina y ese rumor lejano de la línea del tren. Como si fuera un guiño del destino, un libro emergía de una caja, una edición de ‘Incerta glòria‘ del año 70, una joya que desgraciadamente reposa ahora entre mis libros y cuya primera fase resume toda la tristeza del momento: “I tota la joventut no és més que la incerta glòria d’un matí d’abril“.

Foto Matt Artz

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