Japón

Una remota estación en Wakayama (III)

wakayamaTodos podríamos tener la oportunidad en algún momento de nuestras vidas, de parar y dedicarnos a contemplar lo que nos rodea, de ponernos en el lugar de los otros y responder cualquier pregunta con una sonrisa. Sin duda ese ejercicio de empatía nos ayudaría a ser mejores y a relativizar, a entender la vida desde otro punto de vista.
Miren la foto. Esta hecha en alguna remota estación en el corazón de la región de Wakayama, una línea propiedad de Nankai. Allí se bifurca la línea, es la última con doble vía. El jefe de estación luce gorra de plato, camisa blanca y, dependiendo de su estado de ánimo, unos guantes, aunque hoy no es el caso.
Con pose aburrida espera la llegada del otro convoy que viene desde Gokurakubashi, allí donde empieza o donde acaba todo. Su misión de esta semana es esperar que llegue el tren en el otro sentido y dar paso al tren que arriba desde Hashimoto, pero en realidad su trabajo es otro.
Entre las recónditas montañas de Wakayama, mientras el sonido de la lluvia es lo único que le entretendrá entre tren y tren, esperará que llegue la noche y que amanezca para volver a calarse la gorra de plato y tal vez hoy sienta que es el momento de ponerse esos guantes blancos.
La semana volará y entonces compartirá el trayecto en tren desde Osaka Namba y podrá observar de cerca las caras de esos turistas occidentales con aire dormido y costumbres difusas que viajan hasta el monte Koyasán.
En realidad ni el silencio de la estación de montaña ni compartir el recorrido con los turistas en el tren le harán sentir útil. Sabe que su gran momento es cuando lo destinan a Hashimoto, allí donde el transbordo es obligatorio y cada día, en cada tren, tiene la oportunidad de sentirse realizado, corriendo de un andén a otro recogiendo las mochilas olvidadas en un tren por esos turistas adormilados como nos ocurrió a nosotros.
Aún recuerda su primer día en la compañía, cuando viajó junto con un grupo de compañeros hasta el Monte Koya, cuando pudo comprobar de primera mano la potencia del budismo Shingon en aquellos templos escondidos a más de mil metros de altitud.
Aquella noche pernoctó en el Fukuchiin y le explicaron el porqué de los cinco elementos budistas: tierra, agua, fuego, aire y vacío. Ese último elemento le fascinó y descubrió su secreto a partir de un rastrillo y de unos símbolos en la arena.

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El DJ del bus (II)

bus

Reflejos en un autobús cualquiera. Foto @pacoavila

Viajar por Japón es pasarte muchas horas en transportes públicos. Muchos de ellas en tren y en autobús.

Una gorra de plato, guantes de un blanco impoluto y auriculares con micrófono incorporado. Llega treinta minutos antes y se viste para la ‘performance‘ diaria, esa en la que agradece con voz mecánica a cada cliente que entra y sale del establecimiento, mientras ameniza la sesión realizando cualquier tipo de ininteligible comentario al respecto.
Suena la voz grabada anunciando la próxima parada. Se ilumina la pantalla con las indicaciones del importe del billete y el recordatorio: “Se paga después; se entra por el final, se sale por el principio“.
Así durante ocho o más horas, así durante durante no-sé-cuántos inviernos, porque en Japón es habitual encontrarse a muchos asalariados trabajando a edades avanzadas, algunos incluso realizando servicios sociales, cuidando los jardines públicos o ejerciendo de improvisados guías turísticos en museos o exposiciones, aunque también son muchos los que se refugian entre el insoportable ruido de un salón de pachinko o se dedican a venerar a sus muertos entre la quietud de Koyasan, ese contraste con el que jugué en el anterior texto.
Ese conductor del bus tiene en su poder una máquina enigma , o al menos eso crees la primera vez que la ves y no te das cuenta – porque nadie te lo va a explicar- que simplemente sirve para dar cambio y facilitar la fluidez a la hora del pago, ya sabes: “Se paga después, se entra por el final, se sale por el principio“.
Superado el arcano de la máquina, la siguiente misión puede ser bastante más complicada, porque lo es deshacerte de un simple papel o buscar un lugar donde fumarte un pitillo por la calle que puede llevarte unas cuantas horas. Dicen que no existen papeleras porque Japón es un país hiperlimpio y que para qué fumar por la calle cuando hay esquinas habilitadas para ello y siempre lo puedes hacer en cualquier restaurante. Curioso argumento.
Intuyo que la procesión de personajes como nuestro protagonista de hoy debe ir por dentro. ¿Qué vida puede tener más allá del volante de cualquier autobús el conductor que se pasa todo el día agradeciendo en voz alta a los usuarios cada vez que depositan el importe de su billete a la salida? Y es que esos tormentosos personajes que dibuja Murakami en muchas de sus novelas te los encuentras en cada esquina, hombres sudorosos y bien vestidos que se duermen en los metros; mujeres que parecen vestidas con ropa de mercadillo y que los días de fiesta sacan a pasear su traje de geisha mientras se fotografían en alguno de los miles de templos que decoran el país.
Cuando se despoje de su gorra de plato y sus manos queden libres de esos ridiculos guantes blancos, también se habrá liberado de su papel de disc jockey al volante. Su tormenta habrá terminado y habrá sobrevivido a otro día más. Seguramente entonces recordará aquella cita de Haruki: “Cuando salgas de esa tormenta, no serás la misma persona que entró en ella. De eso se trata la tormenta” o aquel momento en el que todo tuvo sentido como aquel incidente en Hashimoto que descubriremos en la siguiente entrega.

las fotos del viaje en Instagram

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Pachinko Koyasan (I)

Bosque de bambú en Arashiyama (foto @pacoavila)

Un viaje a Japón, quince días y unas cuantas impresiones. Esta es la primera entrega:

El contraste está presente desde el primer minuto y en cada esquina. Es Japón un país de excesos, de modernidad y de tradición, tierra de samuráis y de anime, de ryokans y de hoteles cápsula.
En quince días puedes llegar a recrear ese mundo en el que viven: el bullicio de Shinjuku y el calculado caos de Dotonbori, esa necesidad de consultar el móvil a todas horas y de sonreír y de inclinarse literalmente a cada minuto mientras una retahíla de irrepetibles secuencias de arigatogozaimasus salen de sus bocas.
Aparentemente todo funciona, los trenes siempre llegan puntuales, la mejor carne es la suya, los skylines de sus ciudades no tiene nada que envidiar a los de cualquier ciudad del mundo y aquí está su secreto: viven en su mundo y parecen no necesitar nada y a nadie más. Se refugian en su idioma, se esconden bajo esas mascarillas que puedes encontrar en cualquier ‘Family Smart‘ y andan deprisa como si el presente no existiera y no tuvieran otro objetivo que ir siempre de un sitio hacia otro. Deprisa, deprisa con aire despistado y en los últimos días con la única idea vital de capturar a todas horas el mayor número de ‘pokemons’, sin importar la edad del propietario del teléfono.
En cualquier caso, plantearte un viaje a Japón es admitir que cada día vivirás una gymkhana, tienes que estar preparado para descifrar el arcano de las diferentes líneas de metro y de los trenes de cercanías y sobre todo saber de la importancia del Japan Rail Pass desde el primer minuto, porque difícilmente puedes sobrevivir sin él y, claro, sin los shinkansen, aunque nunca antes hayas oído hablar de ellos.
Este es un viaje que empezó hace catorce años…

Imágenes del viaje en Instagram

 

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