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Fariña

 

Un vecino mayor cruzaba a diario la frontera entre Galicia y Portugal en bicicleta, cargando siempre un saco al hombro. Cada vez que atravesaba a raia, la Guardia Civil le daba el alto y le preguntaba qué llevaba en el saco. El hombre, paciente y educado, mostraba siempre el contenido: “es solo carbón“, explicaba. Y los agentes, mosqueados, lo dejaban pasar. En el otro lado se repetía la escena: la Guardia de Finanzas portuguesa (conocidos por los vecinos como guardinhas) también registraba el saco del hombre y lo dejaban seguir pedaleando. La misma escena se repitió durante años ante el malestar creciente de los guardias fronterizos. No solo eran incapaces de encontrarle material de contrabando, sino que en cada nueva pesquisa se manchaban el uniforme de carbón. Como en el cuento de Poe, en el que la Policía registra minuciosamente una casa en busca de una carta que ha estado todo ese tiempo en primer plano, el secreto del hombre de a raia estuvo todos esos años a la vista.

 

Así empieza, “Fariña”, el libro de Nacho Carretero sobre narcotráfico que está hoy en todas las tertulias después de que una jueza haya ordenado secuestrarlo tras la denuncia de José Alfredo Bea Gondar, exalcalde de O Grove. Por cierto, la editorial acaba de distribuir en los últimos días 10.000 ejemplares más de la obra.

Pregunta: ¿Con qué trapicheaba el vecino?

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Las cosas secretas de la gente

 

No importa nada que no sepas nada de geografía, de historia universal o de filosofía alemana posmoderna -en el caso de que tal vicio exista-, pero andarás como un idiota por la vida si no sabes cosas secretas de la gente: nunca podrás comprender las causas que determinan los efectos. Y los seres humanos se dividen -más o menos- en tres clases: los que solo conocen las causas (por ejemplo, los  filósofos), los que solo conocen los efectos (por ejemplo, los policías) y los privilegiados que están en condiciones de relacionar determinados efectos con determinadas causas y se convierten por ello en los dominadores del mundo.

El mundo lo dominan quienes saben que el efecto amor, por ejemplo, es causa del miedo, del miedo cósmico a la soledad cósmica que es capaz de crearse en un dormitorio, ese universo caótico de unos cuantos metros cuadrados.

Felipe Benítez Reyes en El novio del mundo.

 

Foto

Mark Rabe

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Olvidé el paraguas, antes de ir a buscarte

Siempre empezó a llover
en la mitad de la película,
la flor que te llevé tenía
una araña esperando entre los pétalos.
Creo que lo sabías
y que favoreciste la desgracia.
Siempre olvidé el paraguas
antes de ir a buscarte,
el restaurante estaba lleno
y voceaban la guerra en las esquinas.
Fui una letra de tango
para tu indiferente melodía.

 

Julio Cortázar. Poemas de amor.

Foto Reza Shayestehpour

 

 

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De ‘El azar y viceversa’

cadiz

No sé si estará usted de acuerdo conmigo, pero creo que todos llevamos una triple vida, sustentada en tres pilares: lo que creemos ser, lo que quisiéramos ser y lo que en verdad somos. La mezcla de los tres elementos suele resultar bastante mala, aunque conviene mostrarse optimista y hacerse cuanto antes a la idea de equilibrar de la mejor
manera posible esa conjugación desconcertante.

Me atrapó su prosa, me gustó la historia y me fascinó esa capacidad para crear frases irrepetibles, que te golpean y te hacen sonreír. No sé cómo descubrí el universo creado por Felipe Benítez Reyes, pero desde el momento que abrí la primera página de ‘El azar y viceversa‘,  me di cuenta de que estaba ante un tipo de narrativa diferente, frente a un elegante escritor que se mueve a base de genialidades.

¿Lamento algo? Sí, por supuesto. Lamento por ejemplo no haber aprendido más cosas de nuestra historia colectiva, prodigiosa y sangrienta. Lamento no haber estado en más sitios con una cámara fotográfica al hombro, admirado de la diversidad de este espejismo inmenso. Lamento no haberme acostado por amor con mil y una mujeres a lo largo de mil y una noches antes de conocer a Inma. Lamento, sobre todo, no haber aprendido a apoderarme de la vida mediante el único ardid psicológico por el que uno puede hacerse la ilusión de apoderarse de ella: quemándola a cada instante, aunque el único que en realidad se quema es uno mismo.

 

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Lo que escribo hoy, lo escribo mañana

maquina

Hoy me di cuenta de que lo que escribí ayer en realidad lo escribí hoy: todo lo del treintayuno de diciembre lo escribí el uno de enero, es decir hoy, y lo que escribí el treinta de diciembre lo escribí el treintayuno, es decir ayer. Lo que escribo hoy en realidad lo escribo mañana, que para mí será hoy y ayer, y también de alguna manera: un día invisible. Pero sin exagerar.

Roberto Bolaños. Los detectives salvajes.

La foto es de Sergei Zolkin alojada en Unsplash

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Un sereno perfil en su memoria

jubilados

Ella ofrece su mejilla como cuando él le llevó las rosas y él se quita el sombrero y la besa en las dos. Cuando se aleja, después de verla entrar, se lleva consigo una suavidad en los labios, un roce de cabellos en su frente, un sereno perfil en su memoria…

José Luis Sampedro. La sonrisa etrusca.

La foto es de Nathalia Bariani vía Unsplash

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