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El papel pintado de Hopper

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En Grupo de gente al sol se mezcla lo cómico y lo triste. Un pequeño grupo de personas toma el sol en unas sillas colocadas en fila. Pero ¿están ahí con el propósito de tomar el sol? Si es así, ¿por qué están vestidos como si estuvieran en el trabajo, o cómo si se encontraran en la sala de espera de un médico? ¿Es que están siempre esperando, no importa dónde se encuentren, y el mundo entero en su sala de espera? Quizá ¿Y qué deberíamos pensar del joven que lee, sentado detrás de la fila de cuatro? Parece absorto en la cultura, más que en la naturaleza, y sin embargo está sentado afuera, con los otros, al lado del camino, bajo el sol. La luz es peculiar. Desciende sobre las figuras, pero no crea una atmósfera. De hecho, una de las peculiaridades de la luz de los cuadros de Hopper es que tiene poco que ver con la atmósfera, en comparación, por ejemplo, con la luz de los cuadros impresionistas. Uno no puede imaginar que esta gente esté realmente tomando el sol. Más bien parecen mirar a lo lejos, tan lejos como es posible, hacia un amplio prado que se extiende hasta una hilera de colinas. Y las colinas, en tanto se alzan en un ángulo muy parecido al que aquella gente asume reclinada en la silla, dan la impresión de devolver esa mirada. La naturaleza y la civilización casi parecen estar mirándose la una a la otra. Esta pintura es tan extraña que en ocasiones pienso que las figuras sentadas están mirando un paisaje pintado, y no el paisaje real que evidentemente observan.

Mark Strand. Hopper

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Falsificar también puede ser una bella arte, un don sólo al alcance de genios, como el de Elmyr de Hory, un pintor que se inspiró en los más grandes (Modigliani, Picasso, Matisse ) y consiguió unos trazos tan perfectos que durante muchos años ni los mejores expertos supieron ver las diferencias con los originales, pese a que en su vida fue capaz de tunear hasta 1000 grandes obras.

La historia de De Hory es la de un timador que vivió a lo grande o tal vez la de un genio que trabajó a la sombra huyendo de la justicia por temor a ser descubierto o seguramente las dos cosas. Buena parte de los detalles de su vida que se conocen son a partir de Fake’, la biografía de Elmyr que escribió Clifford Irving, precisamente otro falsificador, así que cualquier parecido con la realidad podría ser pura coincidencia, o tal vez no.

Podemos convenir que de Hory nació en 1906, bien podría ser una familia de clase media o tal vez en el seno de la aristocracia húngara. A partir del relato de De Hory, recogido por Irving, todo era opulencia fruto de un matrimonio entre su padre el embajador y una madre judía emparentada con la banca.

Otra parte de la historia relata sus desfases en salones de homosexuales de Budapest, de sus continuas idas y venidas a Múnich y, sobre todo, a París, donde se afincó en Montparnasse y empezó a codearse con Stein, Gugghenheim, Hemingway, Matisse, Derain o Picasso.

La Guerra Mundial quebró aquel mundo construido. Lo persiguió la Gestapo y logró escapar de una manera rocambolesca de un Hospital de Berlín para volver a empezar de nuevo en Budapest, pero ya sin recursos.

Hasta que en 1946 regresó a París con una mano adelante y otra atrás y se encontró con Lady Malcom Campbell. La dama visitó el estudio de Elmyr en París y pronunció las palabras mágicas cuando vio un cuadro colgado allí: “Eso es un Picasso, ¿no Elmyr?”.

A partir de aquel momento supo que su suerte había cambiado. Vendió aquel dibujo que había trazado en apenas diez minutos por 40 Libras: “Fue tan fácil que no podía creerlo, ni siquiera me sentí culpable, era una cuestión de supervivencia”.

Vender cuadros por toda Europa y por Brasil fue su ocupación a partir de entonces. De Hory no era un falsificador al uso, sino que era un virtuoso haciendo suyos los trazos de cualquier autor, de Modigliani a Renoir, de Picasso o de Toulosse-Lautrec, dibujos, gouaches, pequeñas acuarelas o dibujos. Vendía presencialmente o por correo a los grandes museos norteamericanos.

En 1947 se instaló en la Gran Manzana y en poco tiempo, de Hory ya se codeaba con el ‘todo Nueva York’: de Zsa Zsa Gabor a Lana Turner…. Se asoció con un vividor, Fernando Legros, que era quien colocaba sus obras por todo el mundo.

Ya vivía en Florida cuando se sintió perseguido por el FBI a raíz de una denuncia de un marchante (Joseph Faulkner) y al descubrir que un ‘matisse’ no era auténtico. Se tuvo que ir un tiempo a México y definitivamente regresó a Paris en 1959.

En sus doce años en Estados Unidos, de Hory había vivido como Elmyr Hoffman, Louis Caussou, Joseph Dory-Boutin, Joseph Dory o Elmyr Herzog y había colocado obras de arte en los grandes museos y las grandes galerías de todo el mundo, tarea de la que se encargaban sus socios Legros y Real Lessard.

De vuelta a Europa y tras un intento de suicidio, de Hory encontró en Ibiza su lugar en el mundo. Apareció por allí en 1961 e Irving lo dibuja así:

“Llevaba un monóculo que pendía de una cadena de oro, vestía jerseys de cachemira, lucía reloj de pulsera de Cartier y conducía un Corvette Sting Ray de color rojo”

Se convirtió en una de las estrellas de una Ibiza en la que coincidía con Aga Khan, George Harrison o Dalí. Desde su finca de La Falaise seguía con sus falsificaciones hasta que a mediados de los sesenta se descubrió todo el pastel a raíz de una denuncia realizada por un magnate norteamericano: Algur Hurtle Meadows, a quien Legros le había vendido 44 obras de artes que resultaron formar parte de “la mayor colección de falsificaciones de la historia”.

Perseguido por la justicia francesa e investigado por el Tribunal de Vagos y Maleantes de la España franquista; de Hory pasó algunos meses en prisión y dictó a Irving esa biografía hecha a medida. Después Irving y de Hory aparecieron en el documental F for Fake’ de Orson Welles (1973).

Dicen que Elmyr de Hory falsificó más de mil obras de arte y llegó a ganar más de 35 millones de dólares. Sólo la codicia de Legros y Lessard acabaron con aquel negocio fabuloso. Cuando de Hory supo que la justicia francesa estaba a punto de conseguir su extradición, decidió quitarse la vida.

Él siempre sostuvo que nunca había falsificado una firma, sino que se inspiraba en los grandes, tanto que una vez Picasso llego a certificar como suyo un cuadro pintado por Elmyr: “¿Cuánto pagó el marchante por él? ¿100.000 dólares? Bueno, si ha pagado tanto, debe de ser auténtico”.

Con el paso del tiempo, de Hory se ha convertido en una leyenda. Ahora por un auténtico Elmyr se llegan a pagar hasta 100.000 euros. Incluso se han detectado falsificaciones de sus cuadros…

PD: Gracias a Dipsofilms por contarme la historia de Elmyr. Y mucha suerte con ese documental que están elaborando.

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Elmyr de Hory, falsificaciones SL

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