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Un año después

Un año después puedo empezar a entender algunas cosas, aun puedo sentir el último latido, la presión de tu mano en mi brazo, que te fuiste y yo estaba ahí y aunque en un principio pensé que mi esfuerzo fue en vano, ahora sé que fui tu última imagen y por ello tengo que sentirme privilegiado.

Ese momento estará ahí para siempre, como tú, que me ayudas con esos silencios, a sentir la pausa y a relativizar el sinsentido en el que se convirtió todo, pero sobre todo a que todo ello se transforme en aceptación, en el recuerdo y en volver a ser yo mismo.

Un año después volvimos a ese lugar donde se funden la tierra y el cielo, allí donde acabó todo y donde todo empezó a cobrar otro sentido. Una canción, lágrimas, buenos propósitos enterrados entre las raíces de un pequeño árbol y una canción para ti. Allí estábamos todos, tú también. 

Gràcies, amic Euse. Carpe diem.

La foto es de @carmejorrin

 

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Un ejercicio de autoengaño

Nadie dijo que fuera sencillo, nadie que lo sea, nadie que lo vaya a ser. Y no lo es. Al menos ya he descubierto uno de los principios básicos: autoengañarse. Sirve para todo, para justificar tus frustraciones o para pensar que nada de lo que te ocurre es culpa tuya, sino producto de una situación externa que te ha atrapado.

Hoy podría hablar sobre eso. De la necesidad de salir del laberinto, de por qué intuyo que solo tiene una puerta de entrada, de ansiolíticos, de sesiones de terapia, de sueños en colores, de imágenes que se repiten. Os podría explicar cómo sentirse bien escondiendo la cabeza debajo de las sábanas o de cómo la benziodiazepina te deja sin ganas de nada

Pero no lo voy a hacer. Voy a pensar en que llega de nuevo el buen tiempo, de que mantengo el estado zen a base de pedalear, del valor de la amistad y de la vida… O de que pronto va a cumplir un año de todo y mientras solo me queda el consuelo del autoengaño.

La foto es de Tyler Nix

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amics, personal

La realidad paralela del décimo mes

 

Se apaga la luz y sientes una terrible ansia para que el nuevo día aparezca cuanto antes. El corazón se acelera y esperas que su ritmo se desvanezca pasados unos segundos, pero todo acaba con un latido compartido en tu cerebro horas después y un duermevela eterno que te agota.

Cuando la luz, tu luz se apaga, solo queda encontrar el camino, buscar la salida del laberinto y acertar con el clic del interruptor para poner todo en su sitio. Mientras tanto, todo discurre a cámara lenta, recreando una realidad paralela.

La foto es de Fabian Møller

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Con mis mejores deseos

Leo que lo que causa un mayor dolor es no haber tenido un momento para la despedida. Puede ser. Otros pensarán que el privilegio de haber vivido los últimos instantes a su lado lo suple todo. También puede ser, pero la sensación que me queda de este 2018 es que ha sido el peor de mis 54 años de vida.

Hace unos días alguien me habló del apego, de la necesidad humana de sublimar los grandes momentos vividos después de una pérdida para superar la misma, seguro que es así.

Mi problema es otro. Admito que todos los que se acercan a mi para hablar sobre el asunto lo hacen de buena fe, lo agradezco infinito y creo en la mayoría de las teorías para salir adelante, pero el problema es el bucle en el que me encuentro.

El laberinto se abrió en cuanto cerraste los ojos y en ese mismo instante, mientras pensaba que todo era una pesadilla, no me di cuenta de que se cerró la puerta y el vértigo es producto de la sucesión de momentos producidos desde ese instante: la imagen recurrente, el reflejo de la manta térmica, las lágrimas de Pep, el abrazo eterno con mis chicas, la llamada a Pere, el teléfono que nadie descolgaba y el adiós sin despedida.

Cuando está a punto de finalizar el año, quiero despedirme de ti, sin olvidarme nunca de todo lo que me diste. Seguro que me entiendes. En la distancia y en silencio hablaremos de Roma, de la última ópera en el Liceo, del concierto de la Motis en el Palau de la Música, de porqué me gusta Murakami y de las últimas vacaciones.

Hablaremos de la vida, aunque no estés. Hablaremos como si nada hubiera pasado y por fin podré encontrar la puerta del laberinto y salir de él para recordar siempre a mi amigo, al que ayudé hasta el último momento sin que la vida nos premiara con una segunda oportunidad.

La foto es mía.

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Ya me dirás

 

Que dicen que hay heridas que nunca acaban de cicatrizarse, aunque parezca que estén curadas. Que tienes la sensación de que te falta algo, de que vas por la calle y en cualquier momento te lo encontrarás, que en cualquier momento recibirás un mensaje suyo comentándote cualquier cosa como había hecho siempre.

Que sigues sin comprender nada, que sabes que nada será igual, que igual es el momento de despertar de aquella pesadilla o que estamos en ese punto de nuestra historia en el que hay que canalizar aquel terrible momento y convertirlo en una enseñanza de vida. Ya me dirás, espero tu respuesta, amic.

La foto es de Karim Ghantous

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Felicitats, mariquita

 

Muchos días me miro en el espejo y no me reconozco. La mirada es la de un desconocido, las canas se han multiplicado, unos días la barba descuidada denota mi estado, otras ese pelo que hace meses que no pasa por el barbero. Me da igual.

Han pasado cinco meses y mi estado actual oscila entre el cielo y el suelo, unos días arriba, otros aquí abajo. Hacía tiempo que no aparecía por aquí, ahora prefiero hablar en voz baja, susurrarte reflexiones al viento.

Han pasado cinco meses ya y no acabo de comprender nada, no acierto a entender porqué somos tan frágiles, porqué te fuiste tan pronto y de aquella manera.

Han pasado cinco meses y el vacío es muy grande y no se acaba de llenar.
Nos hemos quedado huérfanos, sin esa lucidez que nos daba otra perspectiva, sin poder ver el brillo de tus ojos cuando hablabas de Ana o cuando recordabas el último estreno en el Liceu o la última genialidad de Leo.

Ya lo ves. La gran putada de la vida es que te regala momentos y personas para arrancártelos cuando menos te lo esperas, en un juego que conoces su final, pero nunca lo que puede ocurrir al doblar cualquier esquina.
A primera hora de hoy, con la pereza del ferragosto, te hubiera enviado ese mensaje para felicitarte por tu cumpleaños, un mensaje que ya nunca más tendrá respuesta, las mismas que no encuentro desde aquel 16 de marzo.

La foto es mía

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Carpe diem, Euse

Hablamos de la vida, de la suya y de la mía. Antes de empezar a pedalear, recordamos entre risas los viejos tiempos, aquel día en el que por primera vez me invitó a ir en bicicleta para recuperarme de una operación de rodilla.

Hablamos de libros, de series de televisión, de los hijos, de su próxima velada en el Liceu, de ópera y también del futuro, de su futuro. Mientras pedaleábamos vi como su mirada se iluminaba, porque después de tanto tiempo, de tantos palos, veía cómo su anhelo estaba muy próximo a cumplirse.

Seguramente era mi mejor amigo, un tipo al que siempre tenía a mi lado en los buenos y en los malos momentos aunque hiciera semanas que no cruzara una palabra con él.

Era una buena persona que lo daba todo, que te lo ponía todo fácil. Un amigo incondicional, un tipo educado, amable, una persona genial, fiel, de esos que siempre querrías tener a tu lado, de aquellos que te marcan, de los que dejan huella, un tipo al que nunca olvidaré y que tendré presente cada día de mi vida.

Aquella mañana de primavera estará para siempre grabada en mi mente. Aquel segundo infinito en el que el tiempo se detuvo, martilleará mi cabeza de por vida y todas mis preguntas se quedarán sin respuestas.

Atrás nos quedarán los recuerdos, esos momentos compartidos que nadie nos podrá robar, esas horas que pasamos juntos sin saber que eran las últimas.

Amigo, nos has dejado huérfanos y sin lágrimas. Te has ido y ya no volveremos a disfrutar nunca más de tu compañía, lo que nadie nos va a quitar nunca son los recuerdos y el privilegio de tu amistad.  Descansa en paz, Euse.

La foto es de Eulàlia Gil

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