literatura

Las cosas secretas de la gente

 

No importa nada que no sepas nada de geografía, de historia universal o de filosofía alemana posmoderna -en el caso de que tal vicio exista-, pero andarás como un idiota por la vida si no sabes cosas secretas de la gente: nunca podrás comprender las causas que determinan los efectos. Y los seres humanos se dividen -más o menos- en tres clases: los que solo conocen las causas (por ejemplo, los  filósofos), los que solo conocen los efectos (por ejemplo, los policías) y los privilegiados que están en condiciones de relacionar determinados efectos con determinadas causas y se convierten por ello en los dominadores del mundo.

El mundo lo dominan quienes saben que el efecto amor, por ejemplo, es causa del miedo, del miedo cósmico a la soledad cósmica que es capaz de crearse en un dormitorio, ese universo caótico de unos cuantos metros cuadrados.

Felipe Benítez Reyes en El novio del mundo.

 

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Mark Rabe

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Morir antes que ella

mujer

Lo único que quería era hacerme viejo a su lado, ver su rostro al despertar todas las mañanas, ver su rostro un instante antes de dormirme cada noche, y morir antes que ella.

Almudena Grandes. El corazón helado.

La foto es de Roberto Tumini alojada en Unsplash

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Lo que escribo hoy, lo escribo mañana

maquina

Hoy me di cuenta de que lo que escribí ayer en realidad lo escribí hoy: todo lo del treintayuno de diciembre lo escribí el uno de enero, es decir hoy, y lo que escribí el treinta de diciembre lo escribí el treintayuno, es decir ayer. Lo que escribo hoy en realidad lo escribo mañana, que para mí será hoy y ayer, y también de alguna manera: un día invisible. Pero sin exagerar.

Roberto Bolaños. Los detectives salvajes.

La foto es de Sergei Zolkin alojada en Unsplash

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Un sereno perfil en su memoria

jubilados

Ella ofrece su mejilla como cuando él le llevó las rosas y él se quita el sombrero y la besa en las dos. Cuando se aleja, después de verla entrar, se lleva consigo una suavidad en los labios, un roce de cabellos en su frente, un sereno perfil en su memoria…

José Luis Sampedro. La sonrisa etrusca.

La foto es de Nathalia Bariani vía Unsplash

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Decorado sin personajes

 

hierba

La memoria es algo extraño. Mientras estuve allí, apenas presté atención al paisaje. No me pareció que tuviera nada de particular y jamás hubiera sospechado que, dieciocho años después, me acordaría de él hasta en sus pequeños detalles. A decir verdad, en aquella época a mí me importaba muy poco el paisaje. Pensaba en mí, pensaba en la hermosa mujer que caminaba a mi lado, pensaba en ella y en mí, y luego volvía a pensar en mí. Estaba en una edad en que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerán, todo volvía al mismo punto de partida: yo.
Además, estaba enamorado, y aquel amor me había conducido a una situación extremadamente complicada. No, no estaba en disposición de admirar el paisaje que me rodeaba.
Sin embargo, ahora la primera imagen que se perfila en mi memoria es la de aquel prado. El olor de la hierba, el viento gélido, las crestas de las montañas, el ladrido de un perro. Esto es lo primero que recuerdo. Con tanta nitidez que tengo la impresión de que, si alargara la mano, podría ubicarlos, uno tras otro, con la punta del dedo. Pero este paisaje está desierto. No hay nadie. No está Naoko, ni estoy yo. “¿Adónde hemos ido?”, pienso. “¿Cómo ha podido ocurrir una cosa así? Todo lo que parecía tener más valor —ella, mi yo de entonces, nuestro mundo— ¿adónde ha ido a parar?”. Lo cierto es que ya no recuerdo el rostro de Naoko. Conservo un decorado sin personajes.

Haruki Murakami. Tokio Blues

La foto es de Frantzou Fleurine, via UnSplash

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Sube o baja según se va o se viene

rulfo

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo -me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.» Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me había dicho:
No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dioEl olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.

Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de la saponarias.
El camino subía y bajaba: «Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para él que viene, baja
-¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?

Juan Rulfo. Pedro Páramo

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Periodista joven e inconsciente

diaris

Para disfrutar del oficio de periodista conviene ser joven y un poco inconsciente, como para enamorarse o firmar una hipoteca.  El envejecimiento trae consigo la duda, el cinismo y la decepción. Se trabaja igual, quizá mejor, pero todo es menos divertido.

Enric González Historias de Nueva York.

La foto es de Matt Popovich

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