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I have a dream

 

No sé quien me avisó, seguramente es de aquellas ideas que te vienen a la cabeza y acabas por creértelas, pero desde el primer momento supe que era verdad. Por unas horas estaría de vuelta, podríamos hablar de aquel día y abrazarnos de nuevo.  Avisé a nuestros amigos, que incrédulos, no sabían si aquel mensaje no era más que una broma macabra. Pero no lo fue. Justo a la hora, en aquel lugar indeterminado repleto de luz, volvió a abrir los ojos: la mirada clara y esa medio sonrisa como saludo.

Fue un gran regalo, el mejor de mi vida. No hizo falta articular palabras, solo mirarnos para saber que todo era como antes, como casi dos años antes.

A veces los sueños se cumplen, aunque solo sean eso. Un sueño para volver a sentirte a mi lado por un instante. Ahora creo que sí, que el momento ya ha llegado, que ese círculo infinito se ha cerrado y dentro de él solo me queda una vivencia de la que he aprendido mucho, especialmente de mí mismo. Gracias por el regalo.

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Mente en blanco

Volví a pisar aquella subida, la curva a la derecha, el árbol que me recuerda la secuencia y volvió a desplomarse todo. Se cayó mi mundo, el engaño construido a base de buenos propósitos, de pensamientos positivos y de intentar encarar cada día como si nada hubiera pasado. ¿Cómo si nada hubiera pasado? Te das cuenta de que algo no funciona cuando te molesta compartir tus pensamientos, cuando prefieres el silencio, cuando sientes un vacío interior y que el mejor refugio está en poner la mente en blanco y dejarte ir.

Nos movemos por sugestión, conseguimos engañarnos a base de buenos propósitos hasta que un clic vuelve a desatar la bestia interior. Ni te puedes concentrar ni te apetece , no sabes disimular y no encuentras la motivación necesaria más allá de calarte los pedales y sentir el dolor en las piernas.

Construí la teoría de la cómoda, la de ir cerrando cajones para poner mi mente en orden, pero en cuanto se ha abierto uno, el resto ha dejado de encajar. Y es que como dice la canción “parece que el destino se burla de nosotros, no nos da nada y nos lo promete todo“.

La foto es Olia Gozha

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Un año después

Un año después puedo empezar a entender algunas cosas, aun puedo sentir el último latido, la presión de tu mano en mi brazo, que te fuiste y yo estaba ahí y aunque en un principio pensé que mi esfuerzo fue en vano, ahora sé que fui tu última imagen y por ello tengo que sentirme privilegiado.

Ese momento estará ahí para siempre, como tú, que me ayudas con esos silencios, a sentir la pausa y a relativizar el sinsentido en el que se convirtió todo, pero sobre todo a que todo ello se transforme en aceptación, en el recuerdo y en volver a ser yo mismo.

Un año después volvimos a ese lugar donde se funden la tierra y el cielo, allí donde acabó todo y donde todo empezó a cobrar otro sentido. Una canción, lágrimas, buenos propósitos enterrados entre las raíces de un pequeño árbol y una canción para ti. Allí estábamos todos, tú también. 

Gràcies, amic Euse. Carpe diem.

La foto es de @carmejorrin

 

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amics, personal

La realidad paralela del décimo mes

 

Se apaga la luz y sientes una terrible ansia para que el nuevo día aparezca cuanto antes. El corazón se acelera y esperas que su ritmo se desvanezca pasados unos segundos, pero todo acaba con un latido compartido en tu cerebro horas después y un duermevela eterno que te agota.

Cuando la luz, tu luz se apaga, solo queda encontrar el camino, buscar la salida del laberinto y acertar con el clic del interruptor para poner todo en su sitio. Mientras tanto, todo discurre a cámara lenta, recreando una realidad paralela.

La foto es de Fabian Møller

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Con mis mejores deseos

Leo que lo que causa un mayor dolor es no haber tenido un momento para la despedida. Puede ser. Otros pensarán que el privilegio de haber vivido los últimos instantes a su lado lo suple todo. También puede ser, pero la sensación que me queda de este 2018 es que ha sido el peor de mis 54 años de vida.

Hace unos días alguien me habló del apego, de la necesidad humana de sublimar los grandes momentos vividos después de una pérdida para superar la misma, seguro que es así.

Mi problema es otro. Admito que todos los que se acercan a mi para hablar sobre el asunto lo hacen de buena fe, lo agradezco infinito y creo en la mayoría de las teorías para salir adelante, pero el problema es el bucle en el que me encuentro.

El laberinto se abrió en cuanto cerraste los ojos y en ese mismo instante, mientras pensaba que todo era una pesadilla, no me di cuenta de que se cerró la puerta y el vértigo es producto de la sucesión de momentos producidos desde ese instante: la imagen recurrente, el reflejo de la manta térmica, las lágrimas de Pep, el abrazo eterno con mis chicas, la llamada a Pere, el teléfono que nadie descolgaba y el adiós sin despedida.

Cuando está a punto de finalizar el año, quiero despedirme de ti, sin olvidarme nunca de todo lo que me diste. Seguro que me entiendes. En la distancia y en silencio hablaremos de Roma, de la última ópera en el Liceo, del concierto de la Motis en el Palau de la Música, de porqué me gusta Murakami y de las últimas vacaciones.

Hablaremos de la vida, aunque no estés. Hablaremos como si nada hubiera pasado y por fin podré encontrar la puerta del laberinto y salir de él para recordar siempre a mi amigo, al que ayudé hasta el último momento sin que la vida nos premiara con una segunda oportunidad.

La foto es mía.

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Ya me dirás

 

Que dicen que hay heridas que nunca acaban de cicatrizarse, aunque parezca que estén curadas. Que tienes la sensación de que te falta algo, de que vas por la calle y en cualquier momento te lo encontrarás, que en cualquier momento recibirás un mensaje suyo comentándote cualquier cosa como había hecho siempre.

Que sigues sin comprender nada, que sabes que nada será igual, que igual es el momento de despertar de aquella pesadilla o que estamos en ese punto de nuestra historia en el que hay que canalizar aquel terrible momento y convertirlo en una enseñanza de vida. Ya me dirás, espero tu respuesta, amic.

La foto es de Karim Ghantous

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Vacanze romane

Pensaba que todo iba de ir cerrando círculos, de acabar lo que había quedado pendiente para buscar una paz interior que no acabo de encontrar.

Pero ahora sé que nunca va a ser así. Lo compruebo cada día y lo volví a vivir durante estos últimos días en Roma, en ese viaje que planeaste como una escapada romántica y que acabó convirtiéndose en una salida para recordarte.

Y es que has vuelo a estar presente cada vez que nos sentábamos en la mesa, en cada maratoniano paseo por esas callejuelas que tanto han gustado a Ana. Cada vez que Maria Hernández nos ofrecía alguna sabia precisión del Coliseo o del Foro esperaba tu punto de vista y así en muchos momentos del día.

Te hubiera encantado el apartamento en Via Ripetta y pagaría por haber escuchado tus irónicos comentarios sobre la particular visión de la vida de nuestros vecinos de mesa en el Trastevere.

No estás pero te noto cercano. Cada vez me siento más tranquilo, como hoy, porque por fin sé que nunca podré cerrar el círculo, simplemente porque nos han quedado tantas historias, tantas conversaciones pendientes, que puedo  recrearlas tan solo cerrando los ojos.

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Abrazos y silencios en el sexto mes

Dicen que pasados los seis primeros meses, el camino es descendiente. También dicen que en este tipo de duelos, hasta que no se cumple el primer año, vives instalado en una montaña rusa emocional.

No os creáis nada. Nunca se aprende a convivir con este dolor, solo puedes abstraerte, distraer la mente gracias a ajetreo diario y procurar tener siempre la agenda ocupada.

Convivir con esas imágenes grabadas en el cerebro absorben buena parte de las energías y aunque creas que todo está bajo control, nunca es así.

Aunque suene a receta de coaching barato, el secreto, amic Euse, es disfrutar de las pequeñas cosas, de esas que antes me pasaban desapercibidas y que ahora cada vez más valoro, pequeños retos para ir rellenando el poso vital y dejar que todo fluya.

De momento no puedo prometer mucho más, pero es un buen punto de partida. Mientras tanto seguiré con los abrazos y los silencios, disfrutando cada día de todos aquellos que tanto te querían.

La foto es de Lillian Grace

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Felicitats, mariquita

 

Muchos días me miro en el espejo y no me reconozco. La mirada es la de un desconocido, las canas se han multiplicado, unos días la barba descuidada denota mi estado, otras ese pelo que hace meses que no pasa por el barbero. Me da igual.

Han pasado cinco meses y mi estado actual oscila entre el cielo y el suelo, unos días arriba, otros aquí abajo. Hacía tiempo que no aparecía por aquí, ahora prefiero hablar en voz baja, susurrarte reflexiones al viento.

Han pasado cinco meses ya y no acabo de comprender nada, no acierto a entender porqué somos tan frágiles, porqué te fuiste tan pronto y de aquella manera.

Han pasado cinco meses y el vacío es muy grande y no se acaba de llenar.
Nos hemos quedado huérfanos, sin esa lucidez que nos daba otra perspectiva, sin poder ver el brillo de tus ojos cuando hablabas de Ana o cuando recordabas el último estreno en el Liceu o la última genialidad de Leo.

Ya lo ves. La gran putada de la vida es que te regala momentos y personas para arrancártelos cuando menos te lo esperas, en un juego que conoces su final, pero nunca lo que puede ocurrir al doblar cualquier esquina.
A primera hora de hoy, con la pereza del ferragosto, te hubiera enviado ese mensaje para felicitarte por tu cumpleaños, un mensaje que ya nunca más tendrá respuesta, las mismas que no encuentro desde aquel 16 de marzo.

La foto es mía

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El infinito poder de las lágrimas

¿Que qué he aprendido? Básicamente que puedo ser mejor persona de lo que pensaba, que puedo descolocar a cualquiera simplemente con un abrazo y que aunque crea que el tiempo lo cura todo y el duelo solo es un proceso temporal, nada de eso es cierto.

En realidad tú, si has estado estos últimos meses a mi lado, te habrás dado cuenta que nuestra relación tampoco será como la de antes.  Pero no te apures, seguiré a lo mío, miraré hacia atrás y sentiré vértigo, miraré hacia adelante y volveré a pensar en él, en cómo hubiera vivido cualquier momento, esperaré su ‘Whatsapp‘, ese mensaje que ya nunca llegará mientras abro mi móvil y observo ese imperturbable último doble click recibido.

La vida te debe tanto, que intento devolvértela en pequeñas dosis, en esas visitas al teatro, en ese homenaje en los ‘Premis de l’esport‘, y pedaleando, pedaleando hasta reventar y esperar que mis piernas me lleven allí donde acabó todo.

También he aprendido a llorar, en volver a creer en el infinito poder de las lágrimas, en lo bien que puedo sentirme después de que mis ojos se tornen vidriosos mientras busco porqués y respuestas que ya nunca encontraré.

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