amics

Con mis mejores deseos

Leo que lo que causa un mayor dolor es no haber tenido un momento para la despedida. Puede ser. Otros pensarán que el privilegio de haber vivido los últimos instantes a su lado lo suple todo. También puede ser, pero la sensación que me queda de este 2018 es que ha sido el peor de mis 54 años de vida.

Hace unos días alguien me habló del apego, de la necesidad humana de sublimar los grandes momentos vividos después de una pérdida para superar la misma, seguro que es así.

Mi problema es otro. Admito que todos los que se acercan a mi para hablar sobre el asunto lo hacen de buena fe, lo agradezco infinito y creo en la mayoría de las teorías para salir adelante, pero el problema es el bucle en el que me encuentro.

El laberinto se abrió en cuanto cerraste los ojos y en ese mismo instante, mientras pensaba que todo era una pesadilla, no me di cuenta de que se cerró la puerta y el vértigo es producto de la sucesión de momentos producidos desde ese instante: la imagen recurrente, el reflejo de la manta térmica, las lágrimas de Pep, el abrazo eterno con mis chicas, la llamada a Pere, el teléfono que nadie descolgaba y el adiós sin despedida.

Cuando está a punto de finalizar el año, quiero despedirme de ti, sin olvidarme nunca de todo lo que me diste. Seguro que me entiendes. En la distancia y en silencio hablaremos de Roma, de la última ópera en el Liceo, del concierto de la Motis en el Palau de la Música, de porqué me gusta Murakami y de las últimas vacaciones.

Hablaremos de la vida, aunque no estés. Hablaremos como si nada hubiera pasado y por fin podré encontrar la puerta del laberinto y salir de él para recordar siempre a mi amigo, al que ayudé hasta el último momento sin que la vida nos premiara con una segunda oportunidad.

La foto es mía.

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